*RESISTENCIA, HEGEMONÍA Y EMANCIPACIÓN CONTRA LA COLONIALIDAD GLOBAL.*
El panorama geopolítico actual exige una mirada que desmonte las narrativas hegemónicas impuestas por los centros de poder global. No se trata simplemente de analizar la superficie de los acontecimientos cotidianos, sino de desentrañar las densas estructuras que configuran la dominación económica, cultural y subjetiva.
Para articular una crítica verdaderamente transformadora, resulta indispensable tejer un puente conceptual entre los pensadores que han cuestionado las bases del eurocentrismo, el capitalismo y la manipulación mediática, rescatando la urgencia de una praxis liberadora que nazca de nuestra propia realidad continental.
Frente a la pretensión de una modernidad universal y redentora, se alza la necesidad de una ruptura epistémica profunda. El entramado global no es neutral; se sostiene sobre una herida histórica que clasifica el mundo entre centros de privilegio y periferias de despojo. Como bien señala Enrique Dussel en su obra teórica;
"La Modernidad, como mito justificativo de la violencia, coexiste con la alteridad negada de la periferia. La superación de la razón cínica moderna no proviene de una autorreflexión de la misma Europa, sino de la autoafirmación de la razón del Otro, del oprimido, desde su propia exterioridad descubierta como dignidad."
Esta racionalidad dominante no se impone únicamente a través de la fuerza militar o el condicionamiento financiero, sino mediante una sofisticada arquitectura de control mental que formatea los deseos y las percepciones de las mayorías. Vivimos bajo un bombardeo incesante que anestesia la conciencia crítica.
Ignacio Ramonet describe con precisión matemática esta nueva configuración del poder intangible al afirmar;
"El quinto poder es el que debe nacer de la ciudadanía para controlar y sancionar a los medios de comunicación masivos, convertidos hoy en el aparato ideológico de la globalización liberal y en los principales constructores de un pensamiento único que domestica las mentes."
Este control de las narrativas no es accidental ni espontáneo; responde a una estrategia sistemática de domesticación pública.
La ilusión de libertad en las democracias liberales contemporáneas se marchita cuando los canales de información son monopolizados por corporaciones cuyos intereses coinciden plenamente con los del capital financiero.
Noam Chomsky desnudó este mecanismo al explicar la esencia de los sistemas de propaganda modernos;
"El uso inteligente de los medios de comunicación masivos permite la fabricación del consentimiento.
En los regímenes democráticos, donde la fuerza bruta del Estado no puede ser empleada de manera constante contra la población, el control de las opiniones y las mentes se vuelve la herramienta primordial para garantizar la obediencia sin necesidad de recurrir a la bayoneta."
En el ámbito latinoamericano, la penetración de estas dinámicas adquiere tintes dramáticos, manifestándose como una ocupación silenciosa que erosiona la soberanía cultural y desarticula la memoria histórica de nuestros pueblos.
Nos enfrentamos a una maquinaria que busca uniformar el pensamiento y convertir la resistencia en un bien de consumo. Analizando este asedio constante a la identidad y al patrimonio colectivo, Luis Brito García advierte con lucidez poética;
"La colonización cultural es el paso previo y necesario para el saqueo económico y la entrega política.
Quien logra que el dominado piense con las categorías del dominador, ha ganado la guerra sin disparar un solo tiro, transformando al colonizado en el custodio voluntario de sus propias cadenas."
Para superar este estado de subordinación permanente, resulta estéril importar recetas empaquetadas en las academias del Norte global.
La emancipación no es un ejercicio de mímesis, sino una creación heroica que debe hundir sus raíces en la especificidad de los conflictos y las tradiciones locales.
José Carlos Mariátegui vislumbró esta verdad fundamental al fundar las bases de un pensamiento crítico genuinamente americano;
"No queremos, ciertamente, que el socialismo en América sea calco y copia. Debe ser creación heroica.
Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano.
He aquí una misión digna de una nueva generación."
La batalla, por lo tanto, no se libra únicamente en los espacios institucionales o en las variables macroeconómicas; su terreno más disputado se encuentra en el sentido común de la sociedad y en la construcción de los marcos de significación.
Antonio Gramsci revolucionó la teoría política al demostrar que el poder político requiere de una legitimidad cultural previa para sostenerse en el tiempo;
"La hegemonía cultural no es solo el ejercicio de la fuerza por parte de la clase dominante, sino la capacidad de infundir en la sociedad su propia concepción del mundo como si fuera el único orden natural y posible, logrando el consenso espontáneo de las clases subalternas."
Esta internalización de los valores del opresor encuentra en el capitalismo tardío una mutación perversa, donde la alienación ya no solo afecta la fuerza de trabajo en la fábrica, sino que coloniza el lenguaje, la poesía y el inconsciente colectivo.
El lenguaje se vacía de su potencia liberadora para convertirse en un fetiche técnico.
Ludovico Silva desentrañó este fenómeno de contaminación ideológica profunda con singular agudeza:
"La plusvalía ideológica es la base sobre la cual se asienta la dominación espiritual del capitalismo.
A través de los medios masivos, se inocula en los explotados un arsenal lingüístico y conceptual que bloquea la conciencia de clase, convirtiendo la enajenación en una segunda naturaleza que aprisiona el espíritu humano."
Bajo esta lógica, el Estado moderno opera a menudo como el gendarme y el facilitador de estas transferencias de riqueza y subjetividad hacia los centros imperiales, desmantelando lo público y criminalizando la disidencia.
Atilio Borón desmonta las ilusiones reformistas que pretenden humanizar estas estructuras sin cuestionar su matriz imperialista fundamental:
"Creer que las instituciones del Estado burgués periférico pueden transformarse pacíficamente en instrumentos de liberación, sin una previa y radical alteración de las relaciones de poder y un cuestionamiento directo al imperialismo, es una ingenuidad teórica y un suicidio político para los movimientos populares."
Finalmente, es imprescindible comprender que este sistema de exclusión global no se agota en la explotación de clases; está indisolublemente ligado a una clasificación racial y eurocéntrica del mundo que distribuye el valor humano según criterios coloniales perpetuados desde el siglo XVI.
Aníbal Quijano conceptualizó esta persistencia de la dominación como el núcleo del orden contemporáneo;
"La colonialidad del poder es el patrón mundial que se fundó con América, asociando la dominación social basada en la idea de raza con la estructura de explotación del capitalismo global.
Aunque el colonialismo político haya terminado, la colonialidad sigue siendo el eje rector de la subjetividad, el conocimiento y la existencia en el planeta."
Ante la confluencia de estas crisis civilizatorias, el desafío de la hora actual no es meramente interpretativo, sino profundamente ético y organizativo.
Construir la alternativa implica descolonizar el saber, disputar la hegemonía en cada trinchera cultural y articular la diversidad de las luchas populares en un proyecto histórico que devuelva a las mayorías su condición de sujetos de su propio destino.
*Autor:* Concejal Msc.
*Ernesto Tovar Ponte.*
