*LA DOLARIZACIÓN COMO MECANISMO DE DOMINACIÓN POLÍTICA Y ECONÓMICA.*

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*Concejal Msc.*

*Ernesto Tovar Ponte.*

El horizonte geopolítico y energético contemporáneo está marcado por tensiones estructurales que trascienden la simple inmediatez de los discursos polarizados. 


Al analizar la propuesta del Diputado Ecarri, resulta evidente que coexisten afirmaciones de naturaleza profundamente falaz con otras que tocan fibras reales del impacto de las medidas coercitivas unilaterales sobre las economías periféricas. 


Como analista con experiencia en los ámbitos político, económico y petrolero, es imperativo realizar una disección rigurosa que desmonte los mitos y fortalezca las verdades verificables, elaborando un artículo de opinión que refleje una perspectiva progresista, crítica y profundamente humana.


*La Ilusión de la Dolarización y las Verdades Incómodas de la Crisis.*


El debate sobre el rumbo económico y monetario de Venezuela vuelve a encenderse al compás de propuestas simplistas que ignoran la complejidad del sistema-mundo actual. 


Las recientes declaraciones que circulan en el espacio público, plagadas de alarmismos sobre las reservas petroleras estadounidenses y de una supuesta dolarización impuesta como salvavidas, revelan un desconocimiento técnico alarmante. 


Sin embargo, detrás de la verborrea y de los errores conceptuales del emisor original, se esconde un núcleo de verdad inocultable, las sanciones económicas internacionales asfixian a las grandes mayorías y buscan convertir nuestra soberanía en un trofeo de guerra geopolítica.


Para empezar a desmontar la fantasía, es urgente corregir el bulo sobre el colapso inminente del petróleo estadounidense en cuarenta y un días. 


Ningún estado industrializado consume sus reservas estratégicas de esa manera lineal, y mezclar la geopolítica de Medio Oriente con una falsa inminencia apocalíptica solo busca manipular las emociones del ciudadano de a pie. 


Los datos de la industria hidrocarburífera global demuestran que las reservas de la superpotencia norteamericana fluctúan por dinámicas de mercado y seguridad nacional, no por un colapso operativo repentino atribuible a un solo mandato presidencial, que si somos honesto, es lo peor que le ha ocurrido no solo a USA, sino al mundo.


Asimismo, resulta jurídicamente inexacto y técnicamente disparatado aseverar que una hipotética dolarización oficial en Venezuela significaría asumir la deuda impagable de los Estados Unidos o convertirnos en una sucursal directa de su Reserva Federal en términos de absorción de pasivos soberanos extranjeros. 


La dolarización informal o formalizada en economías periféricas opera como una dolarización de despojo, donde el país pierde el señoreaje y la política monetaria, pero no absorbe las deudas fiscales del Tesoro estadounidense. 


Decir lo contrario es apelar al miedo infundado para torcer el debate técnico hacia la trinchera del dogma político.


Sin embargo, donde el discurso acierta con precisión quirúrgica es al señalar los peligros estructurales de renunciar a una moneda soberana. 


Perder la autonomía monetaria en nombre de un supuesto pragmatismo cambiario significa entregarle las llaves de la política social a un banco central extranjero que jamás ponderará el hambre, la salud o el empleo del pueblo venezolano. 


Como bien se advierte en el análisis crítico, una economía plenamente dolarizada sin respaldo productivo propio se vuelve un péndulo implacable donde cualquier ajuste de tasas de interés en el norte destruye el crédito, el emprendimiento y el poder adquisitivo local de manera inmediata.


La experiencia histórica reciente de la propia Venezuela, marcada por la catástrofe de los ingresos petroleros entre 2014 y 2016, demuestra que la soberanía monetaria permite amortiguar los golpes externos, aun a costa de procesos inflacionarios transitorios. 


En un escenario de dolarización rígida, la asfixia por la caída de petrodólares no se gestiona con inyección de liquidez o defensa del empleo público, sino mediante recortes brutales, despidos masivos y la paralización total de la inversión social. 


Renunciar a la moneda nacional es firmar el acta de defunción de cualquier política de redistribución de la riqueza.


En este mismo orden de ideas, es imperativo alzar la voz contra el elefante en la habitación que muchos sectores opositores prefieren ignorar, el impacto criminal de las medidas coercitivas unilaterales. 


Las sanciones no son fantasmas retóricos ni afectan únicamente a los altos funcionarios del Estado; son misiles económicos diseñados para impedir la compra de medicamentos, obstaculizar la contratación internacional y estrangular el flujo de divisas del sector petrolero. 


Pretender que el bloqueo financiero no tiene consecuencias directas sobre la calidad de vida del venezolano común es una burla a la inteligencia colectiva y un acto de complicidad con la agresión imperial.


La invitación dirigida a la ciudadanía opositora y de a pie no busca la humillación ideológica, sino la toma de conciencia de clase. 


Quien vive de su salario, quien madruga para cumplir una jornada laboral y sufre las penurias cotidianas de los servicios públicos no pertenece a la élite financiera global ni local. 


Defender esquemas económicos que benefician al capital transnacional y al rentismo especulativo es un contrasentido histórico para el trabajador. 


La verdadera fractura social no cruza únicamente entre chavistas y antichavistas, sino entre quienes defienden la soberanía productiva y quienes apostaron por la intervención extranjera.


Venezuela saldrá adelante, pero ese renacimiento exige superar tanto el sectarismo ciego como la oposición lacayuna que aplaude el sufrimiento de su propio pueblo. 


La reconstrucción nacional pasa por exigir el levantamiento absoluto de las sanciones, fortalecer una moneda nacional respaldada por el trabajo y la riqueza soberana, y consolidar un tejido social participativo donde nadie se crea dueño del destino ajeno. 


La política debe dejar de ser un ejercicio de barras bravas para convertirse en la herramienta ética de las grandes mayorías trabajadoras.

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