*Ernesto Tovar Ponte.*
*Concejal y Profesor de Biología.*
*2606/2026.*
Para comprender con rigurosidad científica por qué se mueve el suelo que pisamos, resulta imperativo desaprender una vieja idea arraigada en el imaginario colectivo: “la Tierra no es una esfera estática, sólida e inerte”.
Desde la perspectiva de las ciencias de la Tierra, nuestro planeta se comporta como un sistema termodinámico colosal y activo, donde los terremotos no representan eventos apocalípticos aislados ni anomalías caóticas, sino la evidencia más contundente de que el motor interno del planeta sigue funcionando con un vigor extraordinario.
La geodinámica interna es el testimonio de un planeta que disipa su energía térmica originaria, modelando el relieve y condicionando la existencia misma de la vida en la superficie a través de un reciclaje litosférico continuo.
Existe una creencia popular persistente, casi mítica, que atribuye los sismos a la acumulación de gases en el subsuelo que intentan escapar de forma violenta a través de las grietas de la corteza.
Sin embargo, al descorrer el velo de la superstición con las herramientas de la física y la geología moderna, constatamos que las causas reales de la actividad sísmica son estrictamente tectónicas y mecánicas, vinculadas a la liberación súbita de deformación elástica.
El interior de nuestro planeta alberga un núcleo metálico incandescente donde las presiones y temperaturas son extremas, y es precisamente este calor interno el que impulsa las corrientes de convección en el manto, esta capa rocosa y dúctil que se encuentra inmediatamente debajo de la delgada corteza terrestre.
Imaginemos la dinámica de una densa sopa hirviendo en un recipiente profundo, el material profundo, al calentarse, disminuye su densidad y asciende de manera irreversible; al aproximarse a la superficie, transfiere su calor, se enfría, aumenta su densidad y desciende nuevamente hacia las profundidades del manto.
Este movimiento convectivo perpetuo es el verdadero motor subterráneo, el engranaje invisible que arrastra, fragmenta y reacomoda de forma incesante los gigantescos bloques de la litosfera que denominamos placas tectónicas.
Estas inmensas placas no se desplazan de manera azarosa ni por capricho de la naturaleza, sino que responden a las fuerzas hidrodinámicas del manto semisólido sobre el cual flotan en un delicado equilibrio isostático.
Al desplazarse por la superficie del globo, los bordes de estas placas interactúan de forma violenta, colisionan en zonas de convergencia, se separan en las dorsales oceánicas o se rozan lateralmente a lo largo de límites de transformación.
Dado que las rocas de la corteza son cuerpos rígidos, heterogéneos y sometidos a un confinamiento extremo, los contactos entre las placas no se deslizan de forma suave ni continua; por el contrario, los planos de falla se traban debido a la fricción y la rugosidad de los materiales.
Durante décadas, e incluso siglos, las placas continúan su avance inexorable mientras los bloques se mantienen estáticos en el punto de fricción, acumulando una cantidad descomunal de energía de deformación elástica en el tejido mismo de la roca.
Cuando el esfuerzo acumulado supera finalmente el umbral del esfuerzo cortante y la resistencia mecánica de las formaciones geológicas, la roca se rompe de forma ruda y rígidamente.
Esa liberación súbita y violenta del esfuerzo acumulado se propaga instantáneamente a través del medio circundante en forma de ondas elásticas, ondas primarias, secundarias y superficiales, lo que en la superficie percibimos como un terremoto.
En el contexto geográfico de Venezuela, esta realidad se manifiesta con un rigor incuestionable, en nuestro territorio tiembla absolutamente todos los días.
El hecho de que la gran mayoría de estos eventos pasen desapercibidos para la población no significa en absoluto que la Tierra permanezca en silencio o en un estado de quietud absoluta.
La corteza terrestre bajo nuestros pies se encuentra sumergida en un proceso de micro-sismicidad constante, registrando cotidianamente decenas de eventos de magnitud inferior a los 3.0 grados en la escala de Richter, cuya energía solo puede ser capturada e interpretada por la red sismológica nacional de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (FUNVISIS).
Esta constante liberación de energía de baja intensidad es el reflejo de la acomodación continua de los bloques fallados ante esfuerzos tectónicos regionales de gran envergadura.
La razón fundamental de esta elevadísima actividad sísmica radica de forma inequívoca en nuestra ubicación geológica y geopolítica de transición.
El territorio venezolano se encuentra emplazado justo en la zona de interacción de dos colosales estructuras litosféricas, la Placa del Caribe y la Placa Sudamericana.
Este límite de placas no es una línea simple, sino una franja de deformación compleja de cientos de kilómetros de ancho donde ambas masas terrestres colisionan en un régimen predominantemente transcendente.
La Placa del Caribe se desplaza de manera relativa hacia el este con una velocidad milimétrica pero constante, mientras que la Placa Sudamericana se mueve hacia el oeste, generando un esfuerzo de cizalla colosal que ha fracturado profundamente la arquitectura geológica nacional.
Este roce tectónico de proporciones continentales ha dado origen a un sistema de fallas principales de rumbos preferenciales, el cual segmenta estructuralmente al país desde la cordillera andina hasta la fachada atlántica de oeste a este.
La primera de estas grandes estructuras es la Falla de Boconó, un sistema transversal diestro que define la morfología de la región andina y se extiende por más de quinientos kilómetros desde la depresión del Táchira hasta el mar Caribe en el golfo de Sadis.
Continuando hacia el oriente, el esfuerzo tectónico es transferido a la Falla de San Sebastián, un corredor de fallas submarinas y costeras que bordea el arco central y norte-costero del país, flanqueando las zonas con mayor densidad demográfica y concentración de infraestructura de la nación.
Finalmente, este sistema conecta con la Falla de El Pilar en la región oriental, extendiéndose a través del estado Sucre hasta el golfo de Paria.
Este dinamismo estructural diario ratifica plenamente que Venezuela es un país esencialmente sísmico, donde el movimiento imperceptible por debajo de magnitud 3 constituye la norma geológica, pero donde la historia y la paleosismología nos advierten con severidad que la presión elástica se libera periódicamente a gran escala a través de eventos catastróficos.
Al revisar de manera analítica los registros sismológicos oficiales y la cronología histórica de la república, la realidad nos confronta con la ocurrencia recurrente de eventos telúricos de gran magnitud que han superado con holgura la barrera de los 7.0 grados en la escala de Richter, transformando de forma dramática la geografía urbana y la cultura de prevención sísmica.
El primero de estos hitos fundamentales de la era republicana es el catastrófico Terremoto de Cúcuta de 1875, acontecido el 18 de mayo de ese año; un sismo tectónico de magnitud estimada entre 7.3 y 7.5 derivado directamente de la dinámica rupturista del sistema de la falla de Boconó.
Aunque su epicentro se localizó en las inmediaciones del límite fronterizo, la propagación de sus ondas devastó por completo las poblaciones del estado Táchira, destruyendo San Cristóbal, San Antonio y Ureña, evidenciando de forma cruda el tremendo potencial destructivo que subyace en el eje andino.
El segundo hito contemporáneo e indispensable para el análisis es el Terremoto de Cariaco de 1997, un sismo de magnitud 7.3 ocurrido el 9 de julio en la geografía del estado Sucre.
Este evento, originado por la activación violenta de un segmento de la Falla de El Pilar, rompió la superficie terrestre de manera visible y provocó el colapso estructural inmediato de edificaciones residenciales e instituciones educativas, dejando una huella imborrable y una profunda lección pedagógica sobre la imperiosa necesidad de aplicar con rigurosidad científica las normas de diseño sismo-resistente en el desarrollo civil de las ciudades.
Es pertinente destacar, dentro de este rigor histórico, que el emblemático Terremoto de Caracas de 1967, pese a ocupar un lugar preponderante en la memoria colectiva y el trauma urbano de la capital, registró una magnitud moderada de 6.6 grados.
Este dato científico resulta sumamente revelador para los planificadores y educadores, puesto que demuestra con total claridad que la vulnerabilidad física de las edificaciones, la calidad de los materiales y la ausencia de ordenamiento territorial influyen tanto o más en el nivel de desastre que la propia magnitud del sismo.
Como docentes y hombres de ciencia, nuestra labor fundamental no radica en sembrar el pánico colectivo ni en alimentar discursos alarmistas, sino en consolidar una conciencia ciudadana crítica y cimentada en el conocimiento científico del entorno; los terremotos no se pueden predecir bajo ningún método actual, pero son perfectamente comprensibles cuando se estudian bajo la óptica de la termodinámica y la mecánica de rocas, desechando cualquier noción de castigo divino o emanación gaseosa superficial.
No obstante, como analistas comprometidos con la verdad y la complejidad de las ciencias contemporáneas, estamos obligados a llevar el debate hacia una frontera mucho más incómoda y urgente, el impacto de la actividad antrópica en el desencadenamiento de desastres geológicos.
La ciencia moderna ha demostrado de manera irrefutable que la acción humana, a través del desarrollo tecnológico e industrial desmedido, posee la capacidad real de alterar el estado de esfuerzos de la corteza y originar lo que en la literatura científica se denomina sismicidad inducida.
Técnicas extractivas agresivas como el fracking o fracturación hidráulica de yacimientos no convencionales, la inyección profunda de fluidos residuales en el subsuelo que lubrica las fallas preexistentes, el llenado masivo de megarepresas que altera la presión de poros de las rocas por carga hidrostática, e incluso las excavaciones mineras a gran escala, han demostrado ser capaces de perturbar el precario equilibrio elástico de la litosfera, desencadenando sismos destructivos en zonas que antes se consideraban estables.
Este hecho científico introduce una grieta profunda en el análisis ético y civilizatorio de nuestra era.
Tradicionalmente, la geología clasificaba los terremotos como desastres estrictamente naturales, eximiendo a la sociedad de la autoría del evento físico y limitando su responsabilidad a la vulnerabilidad de las construcciones.
Hoy en día, al constatar que la voracidad industrial y el modelo de desarrollo extractivista pueden fracturar deliberadamente el subsuelo y detonar la liberación anticipada de fallas geológicas, la frontera entre lo natural y lo provocado se desvanece por completo.
Dejamos así para el análisis crítico, la reflexión profunda y el debate en las aulas de clase una interrogante perturbadora; *¿Cómo es posible que el ser humano, la única entidad biológica dotada de autoconciencia, raciocinio y ciencia avanzada en este planeta, sea al mismo tiempo el único ser vivo capaz de desestabilizar las entrañas de la Tierra y destruir de forma sistemática e industrial el único hábitat del cual depende su propia supervivencia?*
La tecnología nos ha otorgado la capacidad de comprender el latido de las placas tectónicas, pero nuestra ambición económica parece estar convirtiendo esa misma capacidad técnica en una fuerza geológica ciega y auto-destructiva que amenaza con sepultarnos bajo los escombros de nuestra propia irresponsabilidad existencial.
*PROYECTO HAARP.*
High Frequency Advanced Auroral Research Project, que quiere decir "Proyecto de investigación de auroras avanzadas de alta frecuencia"
Es uno de los tantos inventos bizarro de los EE.UU, para dominar el Mundo, ya Donald Trump cuando fue el inquilino de The White House no hizo saber que la Luna, le pertenecía a los EE.UU, entonces nada de raro y asombroso tendría, poder manejar el clima a su antojo!!!
Haarp es un sistema conformado por 180 antenas de alta densidad capaces de crear grandes catástrofes climáticas, con ello se puede decir o especular, que el Gobierno de USA, tiene en su poder una de las Armas de Destrucción Masiva, que mayor impacto podría causar en la humanidad y para la cual, no hay defensa que se conozca, cómo detener un Tornado? Un Tsunami? ¿Un Terremoto? Solo un Gobierno tan desquiciado podría poner en marcha un arma tan letal como esta, ¿lo dudan? Recordemos el Show montado para invadir a Irak, no les importó asesinar a su propio pueblo.
Haarp es un sistema conformado por 180 antenas de alta densidad y cada una de estas antenas mide aproximadamente 25 mts de altura. Estas antenas producen una cierta cantidad de energía (3,7 Gigavatios) que posteriormente son dirigidas a la ionosfera en forma de ondas electromagnéticas de alta frecuencia.
*¿Cómo operará esta arma de destrucción masiva?*
Las 180 antenas envían las ondas electromagnéticas a la ionosfera, -que funciona como espejo- y luego esta cantidad de energía electromagnética son dirigidas a lugares de larga distancia; incitando a crear grandes catástrofes, como si estas fueran de índole natural; como por ejemplo terremotos, huracanes, tsunamis, sequías, inundaciones, el cual los resultados de estos eventos serían: muertes, hambres y pestes por nombrar algunos de estos. Haarp está acondicionado para generar cualquier tipo de evento a nivel global sobre el clima, las comunicaciones submarinas e incluso sobre la mente humana y que todo esto parezca ser natural; como es el caso de crear un terremoto.
Esta arma de destrucción masiva con fines militares, la han diseñado para crear lo que ellos han denominado ‘Guerras preventivas’; generando grandes desequilibrios climático como por ejemplo una sequía que podría estar produciendo pérdidas en el sistema de riego de una nación y así lograr el objetivo de dominación de poder militar, político y económico e incluso social.
En la atmósfera existe un área eléctrica llamada ‘Electrojet Aureal’. Si Haarp envía energía y ondas electromagnéticas a través de estas 180 antenas a este campo denominado científicamente ‘Electrojet’ podría estar produciendo en gran escala perturbaciones al clima en su totalidad.
Según la composición de la tierra; posee en su forma natural tres (3) tipos de estas áreas o campos eléctricos: Dos cerca de los polos y uno ecuatorial.
El riesgo es inmenso porque cualquier perturbación de estas gigantes corrientes eléctricas puede resultar un gran desequilibrio climático y una tragedia para cualquier lugar donde esté determinado su efecto mortal.
La CIA estadounidense está financiando un estudio sobre geoingeniería (manipulación climática) que durará 21 meses, con un costo inicial de 630 mil dólares.
Lo ejecuta la Academia Nacional de Ciencias, con participación de la NASA y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de ese país.
