*GLORIA AL BRAVO PUEBLO.*

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*CONCEJAL MSC 

ERNESTO TOVAR PONTE.*

*28/06/2026.*


La tierra crujió con una fuerza descomunal y, en un instante, el dolor nos golpeó el pecho a todos por igual, recordándonos la profunda fragilidad de lo que construimos día a día. 


Sin embargo, en medio del polvo, los escombros y la incertidumbre que aún estremece a nuestra geografía, emerge una certeza inquebrantable, el alma de esta nación no se quiebra bajo el peso de ninguna catástrofe. 


A mi amado pueblo venezolano, herido pero jamás vencido, quiero enviarle un abrazo cargado de profunda solidaridad y absoluto aliento; sé muy bien que el miedo intenta adueñarse de las esquinas y que el llanto por lo perdido es inmenso, pero la historia nos ha demostrado, una y otra vez, que la resiliencia no es un concepto abstracto para nosotros, sino la mismísima herencia de nuestra estirpe. 


La desesperación es real, pero nuestra capacidad de resistir, de levantarnos con los ojos limpios y las manos dispuestas, es infinitamente superior a cualquier sacudida geológica.


Este momento de oscuridad también ha sido iluminado por la nobleza del mundo, y es de rigurosa justicia mirar más allá de nuestras fronteras para expresar un agradecimiento eterno e imperecedero a las naciones hermanas que, sin dudarlo un solo segundo, nos han tendido la mano en esta hora aciaga. 


La solidaridad internacional se ha manifestado no como un protocolo diplomático de oficina, sino como un puente real de hermandad, trayendo consigo la ayuda humanitaria, el soporte técnico y el consuelo que tanto necesitábamos en este preciso instante. 


Es en las peores crisis donde se reconoce a los verdaderos amigos, y Venezuela no olvidará jamás a los pueblos y gobiernos que hoy comparten nuestra carga, demostrando que la compasión humana no conoce límites geográficos ni distinciones ideológicas cuando el sufrimiento llama a la puerta.


Pero la verdadera epopeya de estas horas angustiosas la están escribiendo, con sudor, lágrimas y un valor sobrehumano, esos hombres y mujeres de uniforme o de civil que, desafiando la lógica del peligro y hasta la presente hora, siguen arriesgando sus propias vidas entre las estructuras colapsadas para salvar a las víctimas del terremoto. 


¡Qué orgullo y qué profunda emoción produce ver a nuestros bomberos, rescatistas, médicos, voluntarios y cuerpos de seguridad batallando contra el tiempo, escarbando con las uñas si es necesario, movidos únicamente por el sagrado impulso de preservar una existencia ajena! A cada uno de ellos, que no han dormido, que desafían las réplicas y el cansancio extremo con el corazón en la mano, les debemos el más alto y merecido reconocimiento; son la encarnación viva del heroísmo anónimo, faros de luz en la penumbra que nos devuelven la fe en la humanidad.


En medio de este escenario tan complejo y doloroso, donde la fragilidad humana se hace evidente, no podemos dejar de elevar la mirada y agradecer profundamente a Dios por su inmensa misericordia, porque aún en la peor de las tormentas su mano protectora ha evitado una tragedia mayor y ha permitido que los milagros de vida sigan floreciendo entre las ruinas. 


Nos sostenemos en esa gracia divina para sanar las heridas del cuerpo y del espíritu, manteniendo la fe inquebrantable en el futuro de este gran pueblo venezolano, una estirpe maravillosa que en la adversidad no se empequeñece, sino que se crece, se agiganta y se une con una fuerza comunitaria imbatible. 


Mañana nos levantaremos con más fuerza, reconstruiremos cada espacio con la frente en alto y caminaremos juntos hacia el porvenir, porque la esperanza de esta tierra es un fuego sagrado que ningún temblor podrá jamás apagar.

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