"*Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar*...".
Estas palabras eternas del libro de Eclesiastés, resonando con fuerza en el alma colectiva, no son un simple llamado a la resignación pasiva, sino un espejo descarnado de nuestra realidad actual.
Hoy, cuando la geografía del dolor se extiende por cada rincón de Venezuela, la sabiduría bíblica nos sacude para recordarnos que nos encontramos en un momento cumbre que exige discernimiento puro y genuino.
No es hora de sembrar vientos para cosechar tempestades; la conmoción que nos embarga, sea por causas naturales o por hilos inducidos que golpean el estómago y el espíritu del ciudadano, nos coloca en la urgencia histórica de identificar qué tiempo estamos viviendo.
Y este, definitivamente, es un tiempo para curar, para resguardar la cordura y para reconstruir el tejido emocional que sostiene a nuestro pueblo.
Entender el devenir histórico bajo este prisma implica asumir que las sociedades atraviesan inviernos oscuros donde la fragilidad humana queda expuesta, y es allí donde la sindéresis debe operar como un faro ético inapelable.
En el Estado de Conmoción que hoy experimentamos en el país, pretender ignorar el peso del sufrimiento de la gente es un acto de deshumanización e irresponsabilidad terrible.
La cita bíblica nos advierte con sutileza que forzar los tiempos o pretender acelerar cosechas políticas sobre la base de la tragedia, sólo conduce a la destrucción estéril.
Vivir y morir, ganar y perder, son dinámicas de la existencia, pero cuando una nación entera se encuentra en un limbo de incertidumbre y angustia, la prioridad absoluta de quienes tenemos una responsabilidad con la palabra y el pensamiento debe ser la preservación de la vida y la estabilidad mental de las mayorías.
No se puede construir patria sobre el colapso psíquico de los ciudadanos; la pertinencia de nuestras acciones hoy se mide por cuánta calma somos capaces de inyectar en un cuerpo social que ya está profundamente lacerado.
La mentira corre rápido, demasiado rápido en estos tiempos hiperconectados, transformándose en una metástasis silenciosa que carcome los cimientos de la resistencia popular y el tejido social.
La mala información, la desinformación deliberada y la fabricación burda de falsos positivos no son meras fallas de comunicación; son armas de destrucción psicológica masiva, dinamita pura colocada en el centro mismo de la moral de un pueblo que intenta mantenerse en pie a pesar de los pesares.
Vivimos en un ecosistema donde el rumor se disfraza de primicia y donde la manipulación emocional busca sembrar el caos para resquebrajar lo poco que nos queda de paz interna.
Es perverso jugar con la expectativa del que sufre, inventando realidades paralelas o distorsionando los hechos cotidianos con el único propósito de infundir terror o desesperanza.
Cuando la verdad se desfigura de forma tan flagrante, se pierde la brújula y la sociedad queda a merced de corrientes destructivas que anulan cualquier posibilidad de respuesta racional, madura y verdaderamente solidaria.
Resulta éticamente inaceptable, por decir lo menos, que existan sectores o individualidades empeñados en pescar en río revuelto, buscando afanosamente un saldo político favorable en medio del barro de la desgracia común.
¡Qué mezquindad y bajeza tan grande desatarse en ambiciones cuando lo que se requiere es un despliegue de profunda empatía y auxilio mutuo!
El oportunismo en momentos de crisis nacional o ambiental no solo demuestra una desconexión absoluta con el padecimiento real del venezolano de a pie, sino que raya en la criminalidad moral.
No se trata de ganar una discusión estéril en redes sociales o de capitalizar el descontento para posicionar una parcela de poder; se trata de comprender que las crisis nacionales no son tarimas electorales, sino llamadas urgentes a la unidad para salvar vidas y proteger la dignidad de la gente.
Quien use el dolor ajeno como trampolín egoísta se condena de inmediato al desprecio de la historia.
A veces me detengo a pensar en cómo hemos llegado a tolerar tanta toxicidad en el discurso público, olvidando que detrás de cada pantalla o de cada rumor propagado con ligereza hay una madre angustiada, un trabajador exhausto, un anciano vulnerable cuyo estado psíquico ya se encuentra al límite debido a las circunstancias extremas de nuestra cotidianidad.
El colectivo venezolano arrastra un acumulado de traumas, tensiones y pérdidas que no pueden seguir siendo subestimados por quienes manejan la narrativa social o pretenden liderar procesos políticos.
Alterar aún más esa psique colectiva con falsas alarmas o con discursos cargados de hostilidad es encender una mecha en un polvorín.
La responsabilidad social no es un concepto abstracto de manuales académicos; es una práctica diaria que nos obliga a detenernos antes de replicar una infamia o un dato no verificado que sabemos perfectamente que va a quebrar la poca tranquilidad del vecino.
Hay que decirlo con total claridad y sin ambages, hoy no estamos en medio de una campaña política, no estamos disputando votos ni midiendo fuerzas en un mitin de plaza pública.
Nos encontramos inmersos en una “Desgracia Nacional”, una situación límite que, independientemente de si su origen es de carácter natural o inducido por factores de diversa índole, nos golpea a todos por igual sin pedir carnet ni filiación ideológica.
El Estado de Conmoción no es un escenario de laboratorio para estrategas de sillón; es una herida abierta en el corazón de la patria que sangra en tiempo real.
Tratar esta dura realidad con la frivolidad de una contienda electoral es una bofetada al sentido común y una falta absoluta de respeto a las víctimas directas de esta coyuntura.
La política, concebida desde su verdadera esencia de servicio al bien común y transformación social, debe subordinarse hoy a la emergencia y al rescate de la sensatez.
No podemos seguir promoviendo, de manera irresponsable, situaciones que lejos de calmar el dolor y la ansiedad colectiva, lo que hacen es activar los resortes de la ira ciega y la furia descontrolada.
La rabia es una emoción comprensible ante la injusticia y el padecimiento, pero cuando se instrumentaliza sin dirección ni propósito constructivo, se convierte en un fuego que consume todo a su paso, incluyendo a quienes la padecen.
Lo que Venezuela necesita con urgencia no son pirómanos sociales que aviven las llamas del resentimiento estéril, sino constructores de puentes, personas con la suficiente madurez emocional para contener el desborde y encauzar las energías hacia la solidaridad activa.
La furia no alimenta al hambriento, no cura al enfermo ni reconstruye las realidades dañadas; la furia solo destruye los caminos que tarde o temprano tendremos que volver a transitar juntos.
Por todo esto, este es un llamado vehemente y fraterno a la conciencia profunda de cada ciudadano, un ruego por el retorno a la cordura y a la pertinencia en el uso de la palabra y la acción en estos días aciagos.
Volvamos a la sindéresis, miremos al prójimo con los ojos de la compasión real y entendamos que la salvación de nuestro espacio común pasa necesariamente por la preservación de nuestra integridad moral y mental.
Que el Dios de la vida nos otorgue la sabiduría necesaria para discernir la verdad entre tanta maleza informativa y nos dé la fortaleza para ser faros de luz y sosiego en medio de la tormenta.
Es tiempo de templanza, de edificar certezas y de cuidar, por encima de cualquier interés mezquino, el alma herida de nuestra amada Venezuela.
Y que el peso de la Ley castigue con toda su fuerza, a quien debiendo proteger y salvaguardar al pueblo, desvía y corrompe su función.
Que Viva mi Amada Venezuela.
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*Concejal Msc*
*Ernesto Tovar Ponte.*
*02/07/2026.*
